domingo, 25 de marzo de 2012

Siria y Santiago Alba Rico (I): El precedente libio

Esclarecedor artículo de opinión de JF-Cordura


«Sólo la verdad y la justicia social son realmente anti-imperialistas.»

El escritor Santiago Alba Rico (SAR), ya lo dijimos aquí, tiene una reconocida trayectoria en los medios alternativos. Al margen de las serias diferencias ideológicas que podamos tener con él, son de agradecer sus aportaciones desde hace años a la lucha por un mundo mejor. Especialmente su crítica filosófica al capitalismo (ejemplo de ella es “Condición humana, derecho a la rebelión y alternativas post-capitalistas”, texto del cual citaremos seguidamente).

Vaya, pues, por delante que respetamos su derecho a tener su propia teoría sobre lo que pasa en Siria. Este no es un artículo contra SAR, hombre comprometido, sino un cuestionamiento de sus posturas. Procurando evitar, por delicado que sea el asunto involucrado, cualquier tergiversación o juicio de intenciones (lejos de nosotros el deseo de acentuarle un sufrimiento que él mismo confesó).



Pero, ¿por qué nos centramos en las posiciones de SAR? Porque es indudable que vienen provocando serias discrepancias, incluso bandos enfrentados, en el ámbito antiimperialista español. Polémica de la que él mismo asume haber «sido de alguna manera el causante o el detonante».

Hay otra razón: en los últimos tiempos, SAR viene acusando explícita y reiteradamente de mentir –no solo de sostener falsedades– a quienes, dentro de ese ámbito, se niegan a aceptar su visión de los conflictos libio y sirio (ver 1 y 2). Es decir, aunque seguramente sin mala fe, tiende a deslegitimar a los discrepantes con él. Entendemos que eso implica un salto cualitativo que merece respuesta e incluso involucra el derecho a ella. Trataremos de dársela aquí sin acusarle a él de lo mismo.

Pero, como es natural, nuestro propósito es ir más allá de SAR. Nuestra preocupación es Siria y la presente deriva del mundo.

Antecedentes: Libia

Con el fin de comprender la confusión (y la consiguiente pasividad relativa) ante lo que ocurre en Siria, es relevante conocer la visión de Santiago Alba, paradigmática de un sector de la llamada “izquierda radical”. Pero para conocerla, resulta obligado remontarse a la todavía reciente controversia sobre Libia, por ser donde aquella cuajó.

SAR, quien de acuerdo con los datos disponibles lleva más de veinte años viviendo en el norte de África (Egipto y Túnez), sostiene que existe efectivamente una “primavera árabe” y que las revueltas en Túnez, Egipto, Libia y Siria (así como otros países árabes) son en todos los casos populares y espontáneas. Por tanto, merecen ser apoyadas por quienes desean el avance de los pueblos.

Lo peor no es que esta teoría parezca calcada, siquiera a grandes rasgos, de la que difunden los medios sistémicos (los cuales, aunque con un sentido diferente al de SAR, también saludan las experiencias tunecina y egipcia). Lo peor es el modo en que este escritor defiende su teoría (y lo es, sobre todo, por los efectos que produce en el campo alternativo).

En ese modo hay detalles alarmantes que iremos mencionando. Empezaremos por el hecho de que, pese a los resultados ya conocidos del conflicto libio, SAR mantenga ahora respecto a Siria exactamente la misma línea que siguió durante el apogeo (mediático) de aquel. Parece como si no debiera importarnos que los “rebeldes” libios fueran aupados al poder que ahora detentan por los bombardeos de la OTAN. O que, como es ya público y notorio (ver 1 y 2) y lo han reconocido desde Ban Ki Moon, el servil secretario general de la ONU, hasta las ONG que también contribuyeron a la guerra contra Libia (1 y 2), el nuevo gobierno libio esté violando los derechos humanos. (Por supuesto, no afirmamos que SAR esté a favor de todo ello. Lo que decimos es que tales resultados deberían llevarle a recapacitar sobre su empeño de seguir la misma estrategia en el caso sirio). Con imposición de la sharia (ver 1 y 2) en lo que antes era un país bastante laico.

Pero es que, como ya documentamos aquí, además SAR cometió respecto a Libia errores analíticos clamorosos. Los cuales, hasta donde sabemos, no ha reconocido pese a ser actualmente incuestionables.

«No es la OTAN quien está bombardeando a los libios sino Gadafi.» Esto lo afirmó en un texto aparecido en Rebelión el 24.2.2012. O sea, cuando, en efecto, aún la OTAN no había empezado a arrojar bombas sobre Libia. Pero es obvio que lo decía replicando a quienes se temían la agresión atlantista. Además, daba crédito a la propaganda mediática sobre los supuestos bombardeos de Gadafi sobre su pueblo, pese a no estar en absoluto probados. Cuando el desmentido empezó a circular, SAR pudo tenerlo en cuenta, pero no disponemos de noticias de que lo hiciera. Ni siquiera una vez que altos cargos del Pentágono, como Robert Gates (a la sazón ministro de Defensa) y el almirante Mike Mullen, negasen semanas después tener evidencias de dichos bombardeos.

En el mismo artículo, como para transmitir la idea de que su énfasis pro “rebeldes” no implicaba demasiados riesgos de favorecer la postura del Imperio, Santiago Alba afirmaba: «No creo, sinceramente, que la OTAN vaya a invadir Libia». Pero ya entonces los signos más evidentes apuntaban a lo contrario. [Ver, por las mismas fechas: síntomas de orquestación prebélica (19.2.11), y Libia, seriamente amenazada (26.2.11).]

Todavía ocho días después, el 4 de marzo de 2011, SAR se empeñaba en apuntarse a «la opinión general entre la izquierda y la población del mundo árabe» según la cual «no habrá invasión». A las dos semanas, la OTAN ya estaba invadiendo y machacando Libia.

Aún peor: en septiembre pasado, con la OTAN y sus esbirros del CNT haciendo estragos en Libia, SAR seguía con la misma tónica (ver también). Defendiendo, en su artículo “Libia, el caos y nosotros”, a unos “rebeldes” que avanzaban en su toma de Libia bajo el paraguas imperial. Pero, ¿cómo es posible que alguien pueda creer que la OTAN vaya a amparar o facilitar jamás la llegada al poder de unos revolucionarios verdaderos?

Arriesgados equilibrios

En dicho artículo, Alba iba aún más lejos. Aunque no sin todo tipo de matices –más propios de un equilibrista– para dejar clara su postura contraria al Imperio, dejaba caer perlas como: «La intervención de la OTAN salvó vidas.» «[La OTAN] ha bombardeado muy poco Libia con el propósito de alargar la guerra y tratar de gestionar una derrota del régimen sin verdadera ruptura con él» (algo más de un mes después, los medios convencionales hablaban de “26.000” operaciones de la Alianza; un promedio de muchos más de cien al día). «Nos guste o no, aun tratándose de una de las zonas más anti-imperialistas del mundo, no ha habido ninguna protesta contra la intervención de la OTAN» (desdeñaba así, para empezar, las masivas manifestaciones de ese signo que había habido en la propia Libia: ejemplo).

No es menos llamativo que, ya en noviembre pasado, comentase: «Vemos en qué se está convirtiendo ya el CNT; hemos asistido al linchamiento ignominioso de Gadafi, que espero que conduzca a sus autores -que son no solamente los ejecutores directos en Sirte, sino obviamente, todos aquellos que la han apoyado con bombardeos y declaraciones- ante un tribunal. Y si no, como hay pocas esperanzas de que sean juzgados, habrá que hacer como estamos haciendo en el caso de José Couso y en otros, habrá que presionar para que así ocurra.»

Un momento... ¿Es que para entonces el CNT no llevaba ya mucho tiempo desenmascarado a ojos de cualquier mente crítica? ¿No era evidente desde hacía meses, si no desde el principio, su complicidad con la OTAN? ¿No habían sido denunciados, hasta por la organización “humanitaria” (y pro Imperio) HRW, sus crímenes de guerra? ¿No había exaltado su líder, Abdel Jalil, el colonialismo? ¿No había pedido, incluso, el mismo CNT la continuidad de la presencia de la OTAN en Libia incluso una vez expirado el (supuesto) mandato de la ONU?

SAR utiliza, ¡nada menos que en el mes de noviembre!, el presente continuo (“se está convirtiendo”), cuando parece obvio que lo correcto sería emplear, suponiendo que hubiese habido “conversión” alguna, un pasado rotundo. De hecho, él mismo dice, no muchas líneas más abajo en ese mismo texto, que «esa revuelta popular fue inmediatamente infiltrada por oportunistas del antiguo régimen, por liberales que volvieron de Estados Unidos, y luego también por islamistas entrenados en Afganistán» (cursiva añadida). Recordemos que dicha “revuelta popular” habría empezado en febrero de 2011. Pasado rotundo, pues. Y que el CNT ya había quedado constituido el 27 de ese mes...

Habrá que preguntarse si tanto equilibrismo no lleva necesariamente a caerse. O sea, a contradecirse e incluso a defender, en la práctica, lo más claramente indefendible. (Por cierto, ¿ha puesto en práctica SAR esas presiones de las que hablaba para que los asesinos de Gadafi acaben en la cárcel? Téngase en cuenta su propia contribución a ese crimen; o más bien, a su justificación).

Lo cierto es que, al repasar los dichos de SAR sobre el caso libio, resultan comprensibles las reacciones de rechazo que ha suscitado (ejemplos: 1 y 2), por más que en algunas ocasiones hayan traspasado los límites de lo que ha de ser una crítica intelectual y política.

En ese mismo artículo incurre en otro notable error analítico cuando afirma: «La OTAN no es una instancia de poder homogénea. Hay nuevos actores regionales, como Arabia Saudí, como Qatar, como Turquía. Estados Unidos ha tenido un papel muy periférico en la intervención de la OTAN en Libia, mientras que ha habido otros actores que han aprovechado, como Sarkozy, para re-prestigiarse en una zona del mundo muy convulsa donde había perdido todo su prestigio después de haber apoyado a Mubarak y a Ben Alí hasta el final.»

Una descripción que no desentona con la que durante meses leímos en la prensa convencional. ¿También SAR resultó engañado por el smart power (poder astuto: ver 1 y 2)? Sin duda que, respecto a casos previos (Afganistán, Irak...), el gobierno estadounidense optó por mostrar un perfil bajo. Pero que nadie se engañe:

1. Recordemos que la intervención militar del Imperio contra Libia se conoció inicialmente con el nombre dado al operativo estadounidense en la misma (“Amanecer de la Odisea”).

2. Incluso en la fase siguiente, en la que se entregó la coordinación de las operaciones a la OTAN, el mando militar global estuvo en manos del comandante supremo aliado en Europa (SACEUR, por sus siglas en inglés), y por tanto –como siempre– de un general estadounidense (en concreto, del almirante James G. Stavridis).

3. El hecho de que, no obstante, Estados Unidos adoptase el citado perfil bajo seguramente refleja, más que una pérdida de poder relativo en el seno de la OTAN (como parece insinuar SAR), una confirmación de su inmenso poder: la superpotencia logró lo que buscaba con menos desgaste directo de sus propias tropas.

4. Como prueba de que el gobierno estadounidense estaba plenamente interesado en la macabra operación, recuérdese que el presidente Obama metió a su país en la guerra sin autorización del Congreso. Y tampoco olvidemos, entre otros detalles, cómo a la hora de la verdad (una vez asesinado Gadafi), la ministra de Defensa imperial, entre risas diabólicas, no dudó en anotarse el tanto para su país.

5. En cuanto al afán de “re-prestigio” de Sarkozy –en lo que podemos estar de acuerdo–, el dato más bien evoca cómo lo había perdido muy pocos meses antes: precisamente, entre otras razones, porque se topó con la oposición estadounidense. Esta, más hábil (smart), y desde luego más poderosa, ya estaba ordenando la salida del déspota tunecino, Ben Alí, cuando el gobierno francés aún le estaba apoyando. Y ya sabemos qué postura prevaleció.

6. Arabia Saudí y Catar no son más que peones del Imperio en la zona. Sorprende que nadie pueda creer otra cosa. Sus canales internacionales “de cabecera”, Al Arabiya –que emite desde Dubái– y Al Yasira, están continuamente emitiendo información favorable a los intereses occidentales frente a Siria, como hicieron antes frente a Libia. Que Estados Unidos es el capo indiscutible sobre los países que forman parte del Consejo de Cooperación del Golfo lo vemos no solo en cómo sus miembros (sobre todo, los dos citados) manejan la Liga Árabe al servicio del Imperio, sino también en cómo algún otro de ellos –en concreto, Emiratos Árabes Unidos– implora al gobierno estadounidense que no le obligue a romper sus intercambios comerciales con Irán, en el marco de las sanciones impuestas por aquel. ¿Turquía? Basta recordar que el gobierno de este país miembro de la OTAN ha aceptado la instalación en su suelo de partes del escudo antimisiles (para intranquilidad de su ¿ex amigo? Irán).

Gadafi, ¿un simple tirano inocuo para el Imperio?

Antes de concluir esta primera parte de nuestro análisis, abordemos otro asunto recurrente en la visión de SAR sobre Libia (y que, como veremos en la segunda entrega, trasplanta luego casi tal cual al caso de Asad en Siria): se trata de reducir a Gadafi a un tirano que además no tenía nada de antiimperialista (ver 1, 2 y 3). Por nuestra parte, en su momento reiteramos que no nos movían especiales simpatías hacia ese dictador (1, 2 y 3). Pero, a cada cual lo suyo, añadíamos que eso no justificaba la demonización a la que estaba siendo sometido (y menos, en general, desde fuentes que éticamente en modo alguno son mejores que él).

A este afán demonizador –otro detalle coincidente entre SAR y los grandes poderes político-mediáticos– volveremos a referirnos, más ampliamente, en la segunda parte de este artículo. Pero de momento recordemos que sí había razones, como no podía ser de otro modo, para que el Imperio quisiera deshacerse de Gadafi. Es cierto que este había seguido una trayectoria aparentemente errática en su relación con las potencias occidentales. No en vano vio durante años muy de cerca las orejas al lobo, lo que ayuda a comprender que él también actuase como un auténtico equilibrista (pero de un trapecio más peligroso que el de SAR). Ahora bien, no es menos cierto que hay motivos de sobra para que los dictadores del mundo lo tuviesen en el punto de mira. Para empezar, su afán de renacionalizar el petróleo libio al menos desde 2009, con expreso deseo de que los ingresos petroleros llegasen más directamente al pueblo, para lo cual se enfrentó con el Congreso de su país (no es raro que hombres de su régimen, aliados con las potencias extranjeras, le traicionasen; y que varios de ellos, incluido su ex ministro de Justicia, Mustafá Abdel Jalil –hoy jefe del estado libio–, pasasen a liderar el siniestro Consejo Nacional de Transición).

Otro detalle no menor es el discurso que en septiembre del mismo año pronunció Gadafi ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&;Lang=S">ver desde pág. 17). Es difícil leerlo actualmente y no pensar que el líder libio se estaba cavando la tumba... Se trata de una crítica de fondo, no ya a las superpotencias, sino al sistema mismo de la ONU que permite su despótico predominio. Con argumentos bien expuestos, transmitiendo una convicción que parece genuinamente idealista, Gadafi atacó duramente el poder de veto y pidió, de hecho, una reforma radical de ese organismo mundial. Un “mal ejemplo” para otras naciones, como muchas de África a las que por ese tiempo empezaba a liderar (además era entonces el presidente de turno de la Unión Africana, cuya fundación había impulsado diez años antes). Y rociando su intervención de un mensaje subversivo tras otro (hasta invocó la necesidad de reabrir el expediente sobre el asesinato de Kennedy).

En aquel discurso, Muamar no se olvidó de los palestinos, a los que siempre reivindicó. Allí, de hecho, defendió la solución al sempiterno conflicto abogando por un solo estado, al que llamaba “Isratina” (o “Isratin”, en inglés), basándose en una propuesta de su hijo Saif. He ahí un tercer motivo para que los imperialsionistas quisieran quitarlo de en medio.

No, tampoco parece que SAR acierte cuando se empeña en negar –absurdamente, visto lo visto– que Gadafi fuera molesto para el Imperio.

Sobre la base de esta manera de pensar, en la segunda y última parte de este análisis nos centraremos ya en el enfoque de Santiago Alba sobre Siria y, particularmente, en las evidencias que lo desmienten o, cuando menos, cuestionan en grado importante.

Concluyamos esta primera entrega evocando la máxima de SAR citada al principio: “Sólo la verdad y la justicia social son realmente anti-imperialistas.” No dudamos de que él cree sinceramente en estos valores. Pero entonces quizá va siendo hora de que reexamine sus posiciones en los temas aquí tratados para ver si hacen honor a ellos.

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